Ayer estuvimos en Ikea. Día familiar de compras: el papá, los peques, el carrito del niño, la bolsa de los pañales, las mochilas con la comida… En fin, un lío.
Empezamos muy bien. La niña disfrutando cogiéndolo todo, subiéndose a todos lados, metiéndose entre todos lo muebles, sillones, sillas, mesas, etc. Y el niño en el carrito mirándolo todo, hablando en su idioma y gritando como un loco. Hasta que llegó la hora de comer.
El peque estaba ya tan cansado de sillita y tan sudando con el calor que hacía, que empezó a llorar. Sólo quería levantarse de ahí, que lo cogiéramos. Para colmo, la comida se calentó demasiado, y se quemó “un poquito”…
Otro sofocón.
La niña, que vio las natillas y el batido que le llevaba, y ya no quería albóndigas con patatitas que le habíamos pedido. Con lo que ya sólo hacía guarrear la comida. Vertió el batido, arrastró todas las sillas de la mesa de al lado haciendo más ruido que un terremoto y, al final, se llevó una tortita en el culo.
Y nada, al momento otra vez dando guerra, no para. Ahora el hermano, que había terminado por fin de comerse la verdura, se hace caca y se pone hasta las orejas. Uffff, y no me había llevado otro pantalón. Así que el padre lo limpió como pudo y le puso unos leotardos que había en la bolsa.
Después la niña quería hacer pipí. Como está en la fase “yo solita”, se manchó las bragas… A cambiarla a ella también. Y menos mal que sólo nos quedaba ya pagar lo que habíamos comprado, porque estaba deseando montarlos en el coche y que se durmieran de una vez!!!
En serio, a mi no me estorban mis hijos, al contrario, me los suelo llevar a todos lados. Pero hay veces que se junta todo y yo, tengo que reconocerlo, tengo muuuy poca paciencia. En fin, que ahora me río, pero que mal ratito pasamos…



